El veterano.

Habían pasado casi cuatro años, pero las quemaduras todavía le dolían, sobretodo por las mañanas en esta época del año. Había escuchado historias de veteranos heridos como él que, tras la guerra de los portales, vagaban de ciudad en ciudad maldiciendo su suerte hasta que la cirrosis o una pelea en un callejón acababan con ellos. No todo el mundo era bienvenido en Azyr, después de todo.

“Estúpida pierna”, pensó. A veces era como si la rodilla se le fuese a doblar hacia atrás. “Aquel condenado engendro tendría que haber apuntado más arriba. Me habría ahorrado todo esto...”.

Se dio la vuelta para acercar el cuenco de gachas a la mesa y vió su antiguo escudo con la librea de Hammerhal-Ghyra colgado en la pared. El borde inferior había perdido parte de su pintura por culpa de aquel fuego horrible, pero nunca encontraba el momento de arreglarlo. Y si era sincero, hacía tiempo que se ponía un poco nervioso solo con mirarlo. Casi parecía que quella máscara dorada le juzgaba.

Se sentó a la mesa y empezó a remover las gachas mientras miraba al suelo. Cada vez era más difícil pasar desapercibido. El tono azul irisado del extraño pelo que le estaba creciendo en la nuca podía disimularse con un poco de hollín, pero la pezuña en la que terminaba su pierna izquierda era un asunto completamente distinto.